El cortisol empeora tu sentido de la orientación
A un grupo de voluntarios se les administró cortisol y se orientaron peor. Además, cambió la señal de las neuronas que te sitúan en el espacio.

Sales del hospital después de una consulta que no ha ido bien y no encuentras el coche en el aparcamiento. Vas a un supermercado en el que llevas ocho años comprando y te plantas dos veces delante del mismo pasillo. Llegas tarde a una reunión, te bajas del metro por la salida de siempre y tardas medio minuto en saber hacia dónde tienes que tirar. Nada de esto es solo despiste, y en marzo de 2026 se publicó un experimento que enseña qué le ocurre por dentro a una persona estresada mientras intenta orientarse. Tengo que decir que, a bote pronto, recuerdo al menos dos veces en las que esto me ocurrió, y de forma casi literal. En ambos casos después de recibir malas noticias.
Dos pastillas iguales y una semana de diferencia
Osman Akan, investigador del departamento de psicología cognitiva de la Universidad del Ruhr en Bochum, en Alemania, se propuso separar dos cosas que en la vida real ocurren a la vez. Cuando estás estresado, te pasan muchas cosas a la vez, se te acelera el corazón, te sube la adrenalina, duermes peor y encima te preocupa aquello que te tiene estresado. Akan quería saber qué parte de la desorientación depende solo del cortisol, la hormona que el cuerpo libera por la vía lenta de la respuesta al estrés, la que sigue actuando cuando la situación se prolonga.
Para conseguirlo, reclutó a cuarenta y dos hombres jóvenes y sanos, de diecinueve a treinta y cuatro años, y los citó en dos días distintos de la misma semana. Cada uno de ellos recibió un día dos pastillas de diez miligramos de hidrocortisona y, al otro día, dos pastillas idénticas, sin nada dentro, sin que ni el participante ni el experimentador supieran cuál tomaba cada vez.
Cada participante realizó la misma prueba en dos ocasiones, con la hormona y sin ella, lo que permite comparar a una persona consigo misma en lugar de comparar dos grupos distintos. Cuarenta minutos después de tomarse las pastillas, entraban en la máquina de resonancia magnética, que registra qué zonas del cerebro se activan mientras la persona realiza una tarea.
Un cesto, unos árboles y una manzana roja
La tarea que les asignaron se llama “el juego de la manzana”. Tumbado dentro de la máquina, con la pantalla delante y un mando —un joystick— fabricado para usarse ahí dentro, aparecías en una llanura verde de trece kilómetros y medio de ancho, con el cielo al fondo y nada más. Primero caminabas hasta un cesto y memorizabas dónde estaba y el cesto desaparecía en cuanto llegabas. Después ibas de árbol en árbol, entre uno y cinco árboles, que también desaparecían al llegar a ellos, hasta encontrar uno con una manzana roja. Ahí terminaba la ida. La prueba consistía en volver al cesto por el camino más corto y pulsar un botón donde creías que estaba; luego te daban de cero a tres estrellas según lo cerca que quedabas.
La distancia entre el punto en el que pulsabas y el sitio real del cesto es la medida de todo el estudio. En la mitad de los sesenta y cuatro intentos, la llanura estaba completamente vacía, así que solo podías calcular tu posición a partir de tus propios movimientos, sumando giros y distancias sobre la marcha. En la otra mitad había un faro en el centro que servía de referencia.
Esto es difícil para cualquiera, con hormonas o sin ellas. Sin el faro, los participantes se quedaban de media a unos dos mil ochocientos metros virtuales del cesto, y con el faro a mil novecientos. Nadie acierta el sitio exacto, así que el estudio compara grados de error y no de aciertos frente a fallos.
Con cortisol, los participantes se equivocaron más al volver al cesto. El efecto fue igual de grande con el faro que sin él, tanto en los trayectos cortos como en los largos; o sea que la hormona empeoraba la orientación en cualquiera de las condiciones.
El patrón hexagonal que dejó de verse
Hay unas neuronas en una zona del cerebro llamada corteza entorrinal, justo al lado del hipocampo, que se descubrieron en ratas y que se disparan formando una cuadrícula regular de triángulos, como si el animal llevara puesto un papel milimetrado sobre el terreno. Se llaman células de rejilla y son la parte del cerebro que calcula distancias cuando no hay referencias externas.
Una resonancia no llega a ver neuronas una a una, así que Akan tuvo que buscarlas de otra manera, y la manera se la da la propia forma del panal. Un hexágono tiene seis lados, o sea, seis direcciones principales, y cada una está separada de la siguiente por 60 grados. Si esas células están trabajando, caminar en cualquiera de esas seis direcciones tiene que activar la zona de manera similar, y caminar a treinta grados de ellas, o sea, justo por el medio, tiene que activarla de otra manera. Esa diferencia sí puede medirse mediante resonancia magnética.
Eso es exactamente lo que apareció en la corteza entorrinal derecha el primer día, en las personas que habían tomado el placebo. En las que habían tomado cortisol, la actividad salía igual de parecida, caminaran hacia donde caminaran, así que la marca de las células de rejilla no estaba.
Hay dos maneras de orientarse. Una es llevar la cuenta por dentro, sumando tus pasos y tus giros, y de esa se ocupa la corteza entorrinal. La otra es fijarte en algo que está fuera, como el faro, y de esa se ocupa sobre todo el núcleo caudado, que está en otra parte del cerebro.
El cortisol también cambió esa segunda forma. En los intentos en los que había faro, el núcleo caudado se activó más con la hormona que con el placebo. Es como si, con el cálculo interno estropeado, el cerebro se apoyara más en la referencia externa.
Qué tiene que ver esto contigo
Si estás en una época de estrés sostenido, por un duelo, por una mudanza, por un trabajo que no te deja dormir, y notas que vas más perdida de lo normal, tienes una explicación que no pasa por que estés perdiendo facultades. Tu cuerpo lleva semanas con el cortisol alto, y la zona del cerebro que calcula dónde estás es especialmente sensible a esa hormona.
Eso también cambia en qué cosas te apoyas durante esas épocas. Con el cálculo interno peor, las señales de fuera te sirven más que de costumbre, así que apunta dónde has dejado el coche, enciende el mapa del móvil, aunque vayas a un sitio al que irías sin él y deja escrito el orden de los recados. Con tus padres pasa lo mismo. Si tu madre está en una época mala y empieza a despistarse más de lo normal, mira primero cuánto duerme y si tiene muchas preocupaciones encima, antes de asustarte con una demencia.
Por qué te pasa lo que te pasa.
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