Por qué suspiramos sin darnos cuenta
Suspirar reordena la respiración cuando se vuelve irregular. Un estudio mostró que los suspiros aumentan a medida que se alarga una tarea aburrida.

Llevas cuarenta minutos en una reunión que podría haberse resuelto con un correo. Estás tranquila y con la cabeza a medio gas, esperando a que aquello acabe. En algún momento coges aire más hondo de lo normal y lo sueltas despacio, y el de al lado te mira porque ha pensado que estás harta. Tú no habías decidido hacer eso. Ni siquiera te habías dado cuenta de que lo estabas haciendo.
Suspirar sin motivo emocional
Los investigadores llaman suspiro a una respiración que introduce al menos el doble de aire que la respiración media de esa persona. Los tenemos todos y bastantes veces al día, y la mayoría no tienen nada que ver con el aburrimiento ni con la pena, porque se sabe desde hace tiempo que el suspiro cumple una función física en el pulmón. Se ha estudiado mucho menos qué tienen que ver los suspiros con la atención, o sea con estar concentrada en una tarea y con que se te vaya la cabeza a otra parte.
En 2026, el investigador en neurociencia cognitiva Ralph Andrews junto con Michael Melnychuk y Paul Dockree, se propuso comprobar si los suspiros funcionan como una especie de reinicio de la respiración durante tareas largas y monótonas. Su punto de partida era que la respiración normal nunca es completamente regular, porque cada inspiración es un poco distinta de la anterior en velocidad y en profundidad. Esa irregularidad tiene sentido, porque mantiene el sistema flexible y capaz de adaptarse si de repente subes una cuesta o te llevas un susto. El problema aparece cuando esa irregularidad se acumula y la respiración se desordena demasiado.
Setenta y dos personas mirando una pantalla
Andrews y sus colegas analizaron, para ello, los datos de dos experimentos distintos. En el primero había setenta y dos adultos: treinta y ocho de entre dieciocho y treinta y cinco años y treinta y cuatro de entre sesenta y cinco y ochenta años, realizando una tarea de atención visual. Se sentaban delante de una pantalla durante ocho bloques de unos ocho minutos cada uno, o sea, algo más de una hora en total, y tenían que hacer clic cada vez que un dibujo circular perdía un poco de contraste, cuarenta y ocho veces por bloque. Cada cierto tiempo, el programa detenía la tarea y les preguntaba si estaban pensando en lo que tenían delante o si se les había ido la cabeza a otra parte.
El segundo experimento tenía cincuenta y siete participantes haciendo clic al ritmo de una secuencia de tonos altos y bajos durante veintiún minutos, y a treinta y dos de ellos los dejaron respirar a su aire mientras a los veinticinco restantes les pedían que acompasaran la respiración a los tonos, lo que en la práctica les dejaba con una respiración lenta y controlada.
En los dos experimentos la respiración se midió con una banda elástica colocada a la altura de la parte baja del esternón, que recoge sobre todo el movimiento del diafragma, y un aparato de seguimiento ocular medía el diámetro de la pupila mil veces por segundo durante toda la sesión. La pupila se usa aquí porque su tamaño cambia con la activación general del sistema nervioso, y sirve para saber cuánto de despierto está alguien sin necesidad de preguntárselo.
La respiración se ordena justo después del suspiro
Las personas que respiraban a su aire suspiraban de media algo más de una vez cada dos minutos, casi cuarenta veces por hora, y cada vez más a medida que avanzaba la tarea. A la vez, su respiración se iba volviendo más irregular con los minutos, más desigual en ritmo y en profundidad. Justo después de cada suspiro, esa irregularidad acumulada disminuía.
Andrews y sus colegas afinaron aún más esa idea, distinguiendo dos cosas que suelen confundirse. Una respiración puede ser irregular al azar, con cada inspiración distinta de la anterior sin ningún orden, o puede ser irregular con estructura, con inspiraciones que se parecen a la anterior y siguen una secuencia previsible. Los suspiros aparecían sobre todo cuando la respiración había perdido esa estructura previsible, y después de un suspiro la profundidad de las inspiraciones volvía a ordenarse.
El grupo al que le pidieron respirar lento y acompasado dio el resultado contrario, y les sirvió de comprobación. Esas veinticinco personas suspiraron una vez cada seis minutos, frente a una vez cada dos minutos de las que respiraban a su aire. Al controlar la respiración a propósito, su irregularidad quedó limitada, y con ella desapareció la necesidad de suspirar, o sea que la respiración voluntaria se impone a ese mecanismo automático.
Apareció además un hallazgo que no buscaban. En la tarea visual, los participantes acabaron sincronizando involuntariamente su respiración con el momento en que aparecían los estímulos en la pantalla, que aparecían en instantes aleatorios. Cuanto más se sincronizaba alguien con la pantalla, más caótica se volvía su respiración en general, y más suspiros daba. Obligar al cuerpo a seguir el ritmo de algo impredecible desordena el propio ritmo.
La pupila acompañó los suspiros en ambos experimentos, aunque con un dibujo distinto en cada uno. En la tarea visual, la pupila crecía durante todo el suspiro, mientras que en las respiraciones normales se mantenía constante. En la tarea de los tonos, entre quienes respiraban a su aire, la pupila subía un poco hasta el comienzo de la inspiración, se disparaba después del punto más hondo de la respiración y luego se iba contrayendo. Como el tamaño de la pupila se considera un indicador de la activación del sistema de alerta del cerebro, esa secuencia indica que un suspiro va acompañado de un cambio rápido en el nivel de activación de la persona.
El reinicio no te hace rendir más
Ninguno de esos reinicios mejoró nada de lo que la persona hacía. Los tiempos de reacción a los estímulos, tanto visuales como sonoros, se mantuvieron iguales tras un suspiro. Cuando el programa les preguntaba si estaban centrados en la tarea, su respuesta tampoco mejoraba tras suspirar.
Los autores lo explican con el diseño mismo. Las tareas eran fáciles y aburridas a propósito, y en algo tan poco exigente hay poco margen para mejorar, así que un pequeño efecto sobre el rendimiento no se vería. Hay otra limitación importante: la banda de esfuerzo mide el volumen de aire y no distingue un suspiro de un bostezo. Como la gente bosteza precisamente en tareas monótonas, parte de esas respiraciones profundas contadas como suspiros pueden haber sido bostezos. La banda además estaba solo en el pecho bajo, así que los cambios en el pecho alto no se registraron.
Qué tiene que ver esto contigo
En la reunión, el suspiro que soltaste no era un comentario sobre nadie. Fue una respiración profunda en un momento en el que tu respiración llevaba cuarenta minutos desordenándose. Lo mismo vale al revés, con tu pareja suspirando mientras dobla la ropa y con tu hija suspirando delante de los deberes. Muchos suspiros no quieren decir nada, son solo el cuerpo recolocando la respiración, así que no hace falta buscarles intención.
Los vídeos que te dicen que respires hondo cuando estás nerviosa aciertan en una cosa y se pasan en la otra. Aciertan en que la respiración controlada llega a ese mecanismo automático, porque quienes respiraban lento y acompasado dejaron de suspirar casi por completo, y se pasan cuando prometen que así vas a rendir o a concentrarte mejor, porque el rendimiento de estas personas se quedó exactamente igual. Un suspiro reordena la respiración de los minutos siguientes y, en este estudio, no te hizo estar más atenta ni más rápida.
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