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«Eres ordenado» funciona mejor que «deberías ser ordenado»

Los niños a los que les repitió que eran ordenados usaron la papelera mucho más que los demás, incluso dos semanas después.

Pablo Navarro24 sep 20265 min de lectura
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Un caramelo envuelto en el suelo de madera junto a una papelera de rejilla metálica vacía, sobre fondo oscuro, referencia al estudio sobre por qué «eres ordenado» funciona mejor que «deberías ser ordenado».

Es posible que le hayas pedido a tu hijo más de una vez que recogiera los papeles del suelo de su cuarto y que le hayas explicado por qué debería hacerlo.

Tres investigadores compararon en un colegio de Chicago dos maneras de hablarles a los niños acerca del orden, decirles que ya eran ordenados y decirles por qué debían serlo. Los niños a los que les repitieron que eran ordenados usaron la papelera mucho más que los demás, incluso dos semanas después.

En 1975 tres investigadores probaron esas dos maneras en un colegio de Chicago

En 1975, Richard Miller publicó, junto con Philip Brickman y Diana Bolen, el trabajo que había realizado como tesis de máster en la Universidad Northwestern. Miller quería saber si una persona cambia más su conducta cuando le dicen cómo es o cuando le dicen cómo debería ser.

El estudio se realizó en tres clases de quinto de primaria (niños de unos 10 u 11 años) de un colegio público de Chicago. Los profesores devolvieron primero a los niños una tarea de lectura y les pidieron que la tiraran a la papelera al salir de clase. Entre quince y veinte de cada cien niños la tiraron, según la clase, y el resto la dejó en el suelo o debajo de su asiento.

Una clase escuchó durante ocho días que era limpia y ordenada

La profesora de una de las clases pasó ocho días diciéndoles a sus alumnos que eran una clase limpia, y la directora les dijo lo mismo. El segundo día, cuando se fue una clase que había venido de visita, la profesora comentó que había papeles en el suelo y les dijo a sus alumnos: «nuestra clase es limpia y no haría eso». Los niños le llevaron la contraria y le dijeron que ellos sí tiraban papeles al suelo.

Otra clase escuchó durante ocho días por qué tenía que ser limpia

La profesora de otra clase pasó ocho días dándoles a sus alumnos razones para no tirar papeles al suelo, como que la basura atraía moscas y era un peligro para la salud. Los investigadores no le dijeron nada a la tercera clase, para poder compararla con las otras dos.

La clase a la que llamaron limpia usó la papelera mucho más que las otras dos

El décimo día, tres estudiantes de psicología, una en cada clase, se hicieron pasar por representantes de una fábrica de caramelos y repartieron a cada niño un caramelo envuelto en papel de un color distinto según la clase. Las estudiantes contaron, en el recreo, cuántos envoltorios de cada color había en la papelera.

Unos ocho de cada diez envoltorios de la clase a la que habían llamado limpia terminaron en la papelera, y algo menos de la mitad de los de la clase escucharon las razones. La clase que no escuchó ningún mensaje tiró a la papelera algo más de uno de cada cuatro envoltorios, y los investigadores no pudieron descartar que la diferencia entre esta clase y la que escuchó las razones se debiera al azar.

Durante las dos semanas siguientes nadie habló de basura en ninguna de las tres clases. Después, cada profesora repartió unos rompecabezas de regalo, envueltos en papel de un color distinto para cada clase. La clase a la que habían llamado limpia tiró a la papelera algo más de ocho de cada diez envoltorios, y las otras dos clases, unos tres de cada diez.

Los niños a los que les decían cómo eran en matemáticas mejoraron más que los que escuchaban cómo deberían ser

Miller y sus colegas realizaron un segundo estudio en el mismo colegio con 96 niños de segundo de primaria (de unos 7 u 8 años), esta vez sobre matemáticas. Cada profesora les decía a algunos niños: «eres muy buen alumno de matemáticas» y a otros: «trabajas mucho en matemáticas». Otros dos grupos escuchaban «deberías ser bueno en matemáticas» o «deberías trabajar más en matemáticas». Un quinto grupo recibía elogios y estrellas, mientras que el sexto no recibía nada.

Los niños hicieron un examen de veinte problemas antes de los ocho días de mensajes, otro al día siguiente de terminarlo y otro dos semanas después. Los niños a los que les decían cómo eran mejoraron en el segundo examen y un poco más en el tercero, y los que escuchaban cómo deberían ser mejoraron un poco, pero a las dos semanas habían perdido esa mejora. Los niños a los que solo elogiaban también mejoraron, aunque menos que los a quienes les decían cómo eran.

La diferencia entre decirles cómo eran y decirles cómo deberían ser fue mayor en los niños que habían empezado con peores notas que en los demás. Esos niños acertaron la mitad de dieciséis problemas y la mitad de veinte cuando les decían cómo eran y trece cuando les decían cómo deberían ser.

Decirle a un niño que era bueno en matemáticas y que trabajaba mucho funcionó igual de bien. Los autores concluyeron que al niño le sirve más escuchar que es de una manera que saber si se lo dicen por su capacidad o por su esfuerzo.

Los autores creen que «deberías» le da a entender al niño que ahora no es así

Miller y sus colegas escriben que pedirle a un niño que sea ordenado puede hacerle creer que ya no lo es. Ellos creen que el niño escucha «eres ordenado» como una descripción y no como un intento de convencerlo, por lo que se resiste menos a ese mensaje que a una petición. Los niños de quinto discutieron con su profesora el segundo día y, al cabo de ocho días, ya no discutían. Los autores añadieron que un niño de primaria probablemente nota menos que un adulto cuando alguien intenta convencerlo.

Qué tiene que ver esto contigo

Si le repites a tu hijo «deberías ser más ordenado», puede que le estés dando a entender que ahora no lo es. En este estudio, los niños cambiaron su conducta mucho más cuando los adultos les decían cómo eran que cuando les decían cómo deberían ser.

Puedes probar a decirle que es ordenado el día en que recoge sus cosas, por ejemplo, «eres un niño ordenado» cuando ha guardado la mochila, en lugar de decirle «deberías ser más ordenado» el día en que no la guarda. Así, la frase es cierta y los propios autores proponen ajustar lo que se le dice a cada niño a lo que ya hace.

Al terminar el estudio, le aconsejaron a la profesora de la clase limpia que les recordara a sus alumnos, de vez en cuando, que fueran ordenados. Tres meses después, ella contó que su clase seguía siendo más ordenada que antes del estudio.

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Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.

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