Por qué cuentas tus fracasos y te callas tus éxitos
De cada cien personas a las que les había ido bien, solo treinta y nueve se lo contaron a alguien a quien le había ido mal

Quedas a comer con una amiga y te cuenta que no le han dado el puesto de trabajo que esperaba. Tú llevabas toda la semana esperando para contarle que a ti sí te lo han dado, y no se lo cuentas. Le dices que a ti también te pasó algo parecido hace dos años. Si tu amiga te hubiera contado que a ella también se lo habían dado, le habrías contado tu noticia en ese mismo minuto.
Nueve experimentos y ocho mil doscientas personas
En 2026, Emily Prinsloo, de la Escuela de Negocios de la Universidad Rice, e Irene Scopelliti, de la Escuela de Negocios Bayes de Londres, publicaron con George Loewenstein y Joachim Vosgerau un trabajo con nueve experimentos. Participaron ocho mil doscientas veintinueve personas, y querían saber de qué depende que alguien cuente cómo le ha ido.
Los nueve experimentos no fueron todos iguales. En unos, las personas elegían entre respuestas ya redactadas por los investigadores. En otros, ellas escribían la respuesta con sus palabras, y así se juntaron dos mil doscientas dieciséis respuestas. En el último, dos personas se comunicaban por chat.
Prinsloo y sus colegas hicieron ese último experimento así. Mil cinco personas tuvieron veinticinco segundos para encontrar en una cuadrícula dos números que sumaran diez. La mitad recibió una cuadrícula de dos por dos, que se resuelve en ese tiempo, y la otra mitad, una de cuatro por cuatro, que requiere más tiempo. Quien acertaba ganaba treinta céntimos y quien fallaba se quedaba sin ellos.
Prinsloo y sus colegas emparejaron después a esas personas de dos en dos y las metieron en un chat de tres minutos con una persona desconocida. Una de las dos cobró por contar, al principio de la conversación, cómo le había ido. La otra no recibió ninguna instrucción y no sabía nada sobre ese pago.
Prinsloo y sus colegas analizaron cuatrocientas setenta y tres conversaciones y anotaron si la segunda persona contaba o se callaba cómo le había ido. La persona a la que habían pagado cumplió su parte en 9 de cada 10 conversaciones.
Cuántas personas contaron cómo les había ido
De cada cien personas a las que les había ido mal, noventa y seis contaron su fracaso a alguien a quien también le había ido mal, y ochenta y una se lo contaron a alguien a quien le había ido bien.
De cada cien personas a las que les había ido bien, setenta y tres contaron su éxito a alguien a quien también le había ido bien, y solo treinta y nueve se lo contaron a alguien a quien le había ido mal.
Las dos primeras cifras se parecían mucho entre sí, así que quien había fallado lo contó casi siempre, sin importarle cómo le hubiera ido a la otra persona.
Las dos segundas se separan mucho entre sí, así que quien había ganado lo contó o se lo calló según cómo le hubiera ido a la otra persona.
Sesenta de cada cien personas que acababan de ganar treinta céntimos no se lo contaron a quien acababa de quedarse sin ellos.
Cuarenta y cuatro de cada cien se disculparon por su éxito
Prinsloo y sus colegas contaron, además, cuántos mensajes incluían una disculpa. Cuarenta y cuatro de cada cien personas que contaron su éxito a alguien que acababa de fracasar se disculparon al hacerlo. Doce de cada cien se disculparon cuando contaban a alguien que también había fracasado. Prinsloo y sus colegas también observaron cuántas personas consolaban al otro, y ahí la diferencia entre unas situaciones y otras fue pequeña y pudo deberse al azar.
En otro de los nueve experimentos, Prinsloo y sus colegas le hicieron creer al participante que la otra persona le caía bien, o que le caía mal. Las personas contaron su fracaso más veces que su éxito en ambos casos, y la distancia entre ambas cifras fue menor cuando la otra les caía mal que cuando les caía bien.
Los autores concluyen que la gente decide qué cuenta para cuidar a quien tiene delante. Si contar un éxito sirviera para presumir, daría igual quién estuviera delante, y aquí lo que la gente cuenta cambia según cómo le haya ido a la otra persona.
Treinta céntimos no son un puesto de trabajo
Las personas de ese experimento se jugaban treinta céntimos en una tarea de veinticinco segundos, mucho menos de lo que se juega quien espera la respuesta en una entrevista de trabajo.
Prinsloo y sus colegas repitieron el experimento con noticias sobre salud, dinero y trabajo, así como con personas conocidas y desconocidas. Las diferencias aparecieron en todos esos casos. Todas esas noticias eran imaginadas y no pérdidas que le hubieran ocurrido a nadie.
Qué tiene que ver esto contigo
Normalmente te callas una buena noticia cuando la persona que tienes delante acaba de contarte algo malo. Te callas para que esa persona no se sienta peor. Cuarenta y cuatro de cada cien personas que sí contaron sus éxitos se disculparon por haberlo hecho.
Por qué te pasa lo que te pasa.
Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.
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