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¿Está la IA volviéndonos tontos?

Una revisión de estudios en Trends in Cognitive Sciences pone orden en la evidencia. Delegar en la IA puede oxidar destrezas concretas, pero no tu inteligencia de fondo

Pablo Navarro20 jul 20265 min de lectura
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Una mancuerna abandonada en el suelo sobre fondo oscuro, metáfora del músculo mental que dejamos de usar cuando la IA piensa por nosotros.

Le pides a ChatGPT que te resuma un informe o que te escriba el correo que no sabías empezar. Te ahorra tiempo y casi siempre acierta. Pero cuando cierras el portátil, a veces te asalta una duda. Si la máquina piensa por ti, ¿tu cabeza se está oxidando? La pregunta es buena pero la respuesta no es siempre la que te dan los titulares de prensa.

Destrezas y capacidades no son lo mismo

En 2026, cuatro científicos cognitivos —Trent Cash y Evan Risko, de la Universidad de Waterloo, junto a Megan Kelly, de Toronto, y Brooke Macnamara, de Case Western— publicaron en la revista Trends in Cognitive Sciences una revisión que reúne toda la evidencia disponible al respecto. Su primer paso es separar dos cosas que solemos meter en el mismo saco. Por un lado están las destrezas, que son cosas que aprendes y practicas, como hacer una raíz cuadrada de memoria, orientarte por una ciudad o redactar un texto. Por otro lado, están las capacidades cognitivas básicas, como la memoria de trabajo o la atención, sobre las que se basan todas tus destrezas. Una cosa es que se te oxide una destreza concreta y otra muy distinta que se te estropee el motor.

Descargar el trabajo mental tiene un coste

Apoyarnos en una herramienta para pensar no es algo nuevo. Llevamos siglos haciéndolo, ya sea con la calculadora para las cuentas o con el GPS para no perdernos. Los psicólogos lo llaman descarga cognitiva. Lo nuevo es que la IA no descarga una tarea suelta, sino a veces un razonamiento entero, porque le solicitamos ayuda y nos da hecha una tarea completa.

La revisión señala dos peligros. El primero es que, si intentas aprender algo dejando que la IA lo haga por ti, no llegas a aprenderlo, porque el esfuerzo es justamente lo que te hace aprender, y te lo estás saltando. El segundo es que una destreza que ya tenías se puede oxidar si dejas de practicarla.

El segundo se vio con unos médicos, y el dato asusta un poco. En un estudio que la revisión cita, unos médicos que buscaban pólipos en colonoscopias los detectaban en el 28% de los pacientes antes de tener una IA que les ayudara. Después de unos meses usándola, cuando les quitaban la ayuda, su tasa bajaba al 22%. Los mismos médicos detectaban menos pólipos sin la máquina de los que detectaban antes de haberla tenido nunca. La herramienta les había atrofiado el ojo.

El primer peligro, el de aprender a medias, también se ha medido. En otro estudio, dos grupos aprendían sobre un tema, uno con un buscador normal y otro con una IA que se lo resumía. Cuando después tenían que aconsejar a un amigo de memoria, sin ayuda, los de la IA daban consejos más pobres y genéricos, habían aprendido menos y sentían el conocimiento menos suyo. La IA les había hecho el trabajo, y con el trabajo se habían saltado el aprendizaje.

Otro estudio lo observó en mucha gente a la vez. Michael Gerlich, investigador de la SBS Swiss Business School de Zúrich, encuestó en 2025 a 666 personas de edades y estudios distintos y cruzó cuánto usaban la IA con una prueba de pensamiento crítico. Los que más la usaban puntuaban más bajo, y ese peor resultado iba de la mano de la descarga cognitiva, de delegar en la máquina el trabajo de pensar. Los más jóvenes eran los que más dependían de ella y los que peor puntuaban. El vínculo era de −0,49, que en ciencias sociales es una relación de tamaño medio, suficiente para ser tomada en serio. Ahora bien, es una foto de un solo momento, así que no demuestra que la IA te vuelva menos crítico, porque también podría ser que quien piensa menos por su cuenta recurra más a ella. Pero la asociación está ahí.

Depende de cómo la uses

El daño no viene de usar la IA, viene de cómo la usas, y esto es lo que los titulares se saltan. Uno de los estudios que reúne la revisión lo probó con estudiantes. A unos les daban una IA que les resolvía los problemas hechos, y a otros una IA configurada como un tutor, que les hacía preguntas en lugar de darles la solución. Los primeros aprendían menos. Los segundos aprendían igual de bien que los que no usaron ninguna IA. La diferencia no estaba en la herramienta, sino en si la usaban para saltarse el esfuerzo o para guiarlo. La propia revisión añade que quienes aprenden a manejarla bien, a preguntarle mejor, tienden a sacarle más partido sin pagar ese precio.

Todavía es pronto para saberlo

Un par de cosas antes de sacar conclusiones. Esto no es un experimento con una cifra final, es una revisión que ordena muchos estudios, así que describe una tendencia, no una ley. Los propios autores, además, son prudentes con lo de «nos volvemos tontos». Se oxidan destrezas concretas, la que dejas de practicar, no tu inteligencia de fondo. La memoria de trabajo o la atención parecen más resistentes, y el coste tiende a quedarse en la habilidad que descargas, sin contagiar al resto. Ellos lo dicen sin dramatismo, es demasiado pronto para saber con certeza qué efectos tendrá esto a largo plazo.

Qué tiene que ver esto contigo

La próxima vez que abras ChatGPT, es menos importante si lo usas que para qué lo usas. Si le pides que te haga el trabajo que querías aprender, te estás quitando el aprendizaje, igual que no aprendes a moverte por una ciudad si solo sigues la flecha del GPS. Si le pides que te explique algo o que te lleve la contraria, funciona como un buen profesor —además, con paciencia infinita— y acabas sabiendo más.

Así que la duda de si te está atrofiando el cerebro tiene una respuesta menos alarmante de lo que parece. Depende de para qué utilices la IA. La misma herramienta puede debilitarte, si le dejas el trabajo que tienes que hacer tú, o ayudarte a aprender, si la usas para entender mejor lo que haces.

Por qué te pasa lo que te pasa.

Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.

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