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Meter la pata a veces hace que caigas mejor

Un experimento de 1966 mostró que un pequeño tropiezo puede acercarte a los demás, siempre que ya se te vea competente. Explicación del efecto pratfall

Pablo Navarro20 jul 20264 min de lectura
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Taza de café volcada y derramada sobre fondo oscuro, referencia al experimento del efecto pratfall de Aronson (1966) sobre cómo un pequeño error puede hacerte más querible.

Tienes que presentar algo importante y quieres impresionar al público. Lo has preparado bien, te lo sabes y no te da miedo equivocarte en el contenido, sino tropezarte al entrar o derramar el vaso de agua sobre tus papeles. Damos por hecho que cualquier torpeza así resta puntos y que cada pequeño fallo te aleja un poco de la buena impresión que querías dejar. Pero con ciertas personas ocurre justo lo contrario.

Un café derramado en un laboratorio de Minnesota

En 1966, el psicólogo Elliot Aronson quiso saber si, cuando alguien cometía una torpeza, nos iba a caer igual de bien. Junto a Ben Willerman y Joanne Floyd, en la Universidad de Minnesota, grabó a un actor haciéndose pasar por concursante de un programa de preguntas y respuestas, y preparó dos versiones del mismo personaje. En una, el actor era brillante y contestaba bien casi todo, alrededor del noventa por ciento de las preguntas, y al final contaba que en el instituto había sido un alumno excelente, editor del anuario escolar y miembro del equipo de atletismo. En la otra, el actor era del montón, acertaba solo un treinta por ciento de las preguntas, sacaba notas normales y ni siquiera había entrado en el equipo.

Sobre esas dos versiones, Aronson añadió un pequeño detalle. En algunas grabaciones, al terminar, se oía al actor volcar una taza de café y lamentarse por haberse manchado el traje nuevo. En otras no pasaba nada. Luego puso las cintas a un grupo de estudiantes y les pidió que dijeran cómo de atractivo y simpático les había resultado el concursante.

Depende de quien mete la pata

El resultado fue distinto según de quién se tratara. Cuando el concursante brillante derramaba el café, caía mejor que cuando no lo hacía. El pequeño desastre, lejos de restarle, lo hacía más cercano. En cambio, cuando el concursante mediocre cometía exactamente la misma torpeza, con el mismo café y la misma frase, caía peor que el mediocre que no metía la pata. El mismo tropiezo daba un resultado distinto según quién lo cometía.

Aronson lo explicó de una forma fácil de reconocer. Una persona demasiado competente, que lo hace todo bien, puede llegar a parecer un poco de otro planeta, alguien perfecto y por eso mismo distante, con quien cuesta identificarse. Un tropiezo la vuelve humana, la baja de ese pedestal y la acerca a ti, pues a ti también se te caen las cosas. Por eso el fallo hace que caiga mejor. Pero cuando quien mete la pata ya te parecía del montón, la torpeza no tiene ningún pedestal que rebajar, y se queda en un fallo más que confirma la impresión regular que ya tenías.

La letra pequeña del experimento

Hay dos cosas que el titular omite. Una es el tamaño de la muestra, porque el estudio tenía cuarenta y ocho personas, todas hombres. La otra es más importante, y es que la parte más famosa del hallazgo es también la más floja. Que el concursante brillante cayera mejor tras el café fue un cambio en la dirección esperada, pero tan pequeño que no llegó a ser estadísticamente significativo. El resultado contrario, en cambio, sí quedó claro, porque la misma torpeza hundía al concursante del montón. Aun así, la puntuación más alta de las cuatro que se midieron se la llevó el brillante que derramaba el café, y esa imagen ha resistido más de medio siglo.

Investigaciones posteriores fueron ajustando el fenómeno. El más interesante es de 1972, cuando David Mettee y Paul Wilkins, de la Universidad de Yale, descubrieron que el efecto depende de quién mira. El tropiezo del competente no ablanda a todo el mundo. Si tú también eres muy bueno en lo suyo, verlo tropezar no te lo acerca, sino que te da una excusa para rebajarlo, porque tener al lado a alguien igual de bueno que tú es más incómodo que agradable. Su tropiezo solo lo acerca a quien no compite con él. Aun con estas condiciones, la idea de fondo ha aguantado bien, y hoy se acepta que un pequeño desliz humaniza a quien ya destaca, mientras que hunde un poco más a quien no lo hacía.

Qué tiene que ver esto contigo

El miedo a la torpeza suele estar invertido. Si ya has hecho tu trabajo y la gente te ve competente, el pequeño fallo que tanto temes no te aleja de la gente, sino que te acerca a ella. Ese titubeo al empezar la presentación, o el dato que se te olvidó, es justo lo que te acerca a la persona que escucha. La imagen perfecta que intentas dar impresiona, pero también aleja, porque a nadie le resulta fácil querer a alguien que parece no equivocarse nunca.

No significa que puedas descuidar lo importante. El experimento es muy claro en que la torpeza solo suma cuando ya se es competente, así que primero está el trabajo bien hecho. Pero saber todo esto sí te libera de una obsesión agotadora, la de controlar cada detalle para no dar ninguna imagen imperfecta. La próxima vez que se te caiga el vaso de agua delante de todos, respira. Lo más probable es que, sin quererlo, acabes cayendo un poco mejor.

Por qué te pasa lo que te pasa.

Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.

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