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Por qué el estrés te lleva a comer

Comer cuando estás estresado no es falta de voluntad. Un estudio en ratones halló el circuito por el que picar algo frena el estrés

Pablo Navarro9 jul 20264 min de lectura
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Un cuenco de comida caliente iluminado que aparta la oscuridad a su alrededor sobre fondo oscuro, metáfora de la comida de consuelo y el circuito cerebral que frena el estrés.

Ha sido un día complicado. Has tenido una discusión que no esperabas, no has conseguido que baje tu lista de tareas y tienes la sensación de ir a remolque desde por la mañana. Llegas a casa y, aunque no tienes hambre, abres la nevera o el armario y buscas algo dulce o algo para picar. Te lo comes y, durante un rato, te sientes mejor. Después te reprochas no tener fuerza de voluntad. Ese reproche, según las investigaciones más recientes en neurociencia, se basa en una idea equivocada sobre lo que te pasa por dentro.

Un hábito con mala fama

Comer para calmarse tiene mala fama. Lo llamamos comer emocional, o comer por ansiedad, y solemos verlo como una debilidad, algo que la gente disciplinada no haría. Pero es una conducta tan extendida, y tan parecida de una persona a otra, que cuesta creer que sea solo una cuestión de carácter. Cuando algo aparece una y otra vez en casi todo el mundo, y además funciona a corto plazo, lo más probable es que responda a un mecanismo, no a un fallo moral. Faltaba saber cuál es ese mecanismo.

Lo que buscaron los investigadores

En un trabajo publicado en la revista Advanced Science, el equipo dirigido por el investigador Tu Jie, del Instituto de Tecnología Avanzada de Shenzhen, en la Academia China de Ciencias, se propuso encontrar el cableado exacto que conecta el sistema de recompensa del cerebro con el sistema de estrés. Sabíamos que comer algo apetecible alivia la tensión, pero no cómo lo hacía físicamente, qué camino seguía esa señal dentro de la cabeza. Para averiguarlo trabajaron con ratones, registrando la actividad de sus neuronas en tiempo real y midiendo su conducta con un sistema que rastrea el movimiento con precisión.

Primero, comprobaron cómo el estrés afecta al cerebro. Cuando sometían a los ratones a un estrés sostenido, un grupo específico de neuronas del hipotálamo, las que disparan la respuesta de estrés, se activaba en exceso y los animales mostraban una conducta cargada de ansiedad. Con esa alarma encendida, hicieron la prueba clave. Cuando esos mismos ratones comían algo sabroso, esas neuronas hiperactivas se calmaban de golpe y la conducta ansiosa se revertía. Comer algo sabroso actuaba como un freno, y no pequeño, porque devolvía a las neuronas del estrés a su actividad normal.

El freno escondido

Los investigadores querían entender cómo un placer podía apagar la alarma. Lo que encontraron es un circuito de varios pasos. Comer algo rico provoca una descarga de dopamina en la corteza prefrontal, la parte del cerebro ubicada justo detrás de la frente. Esa dopamina activa unas neuronas específicas. El problema es que esas neuronas son excitadoras, de las que activan, así que si mandaran su señal directa al centro del estrés lo empeorarían en lugar de calmarlo. Tenía que haber un intermediario.

Ese intermediario existe. El equipo identificó un relevo, un pequeño grupo de neuronas inhibidoras situadas junto al centro del estrés. La corteza prefrontal enciende ese relevo, y el relevo es el que manda la señal de freno hacia las neuronas del estrés y las silencia. Dicho de otra forma, el placer de la comida no apaga la alarma directamente, sino que activa a un intermediario que sí lo hace.

Para llegar hasta ahí, los investigadores no solo registraron la actividad de las neuronas en el momento, sino que también rastrearon el movimiento de los ratones con un sistema en tres dimensiones que captura la conducta con mucho detalle. Vieron que el estrés empujaba a los animales a posturas y movimientos concretos, propios de la ansiedad, y que esos mismos gestos se deshacían cuando comían algo sabroso.

Lo que el estudio no dice

Todo esto se ha visto en ratones, no en personas. El cerebro de un ratón y el tuyo comparten buena parte de su funcionamiento básico, y por eso el hallazgo es valioso para entender el mecanismo. El estudio explica por qué te pasa lo que te pasa cuando el estrés te lleva a comer, no dice que debas comer para calmarte. De hecho, apoyarte siempre en la comida para regular el estrés tiene un coste conocido, y los propios autores señalan que entender este circuito abre la puerta a calmar esa hiperactividad del estrés por otras vías, sin recurrir a la comida. El valor del trabajo está en el porqué, no en el consejo.

Qué tiene que ver esto contigo

La próxima vez que te sorprendas buscando algo dulce después de un día horrible, y venga detrás el reproche por no tener voluntad, acuérdate de esto. Lo que haces no es un capricho ni una falta de voluntad. Es una conducta que tiene detrás un circuito en el cerebro, y ese circuito reduce la señal de estrés durante un rato. Tiene sentido que lo hagas y que te alivie.

Saber esto no te condena a repetirlo, más bien al contrario. Cuando dejas de tratar el comer emocional como un defecto de carácter y lo entiendes como un intento de calmar el estrés, puedes hacerte preguntas más útiles. Por ejemplo, ¿qué te está estresando tanto y tan a menudo, y qué otras cosas, además de comer, te ayudan a calmarte?

Por qué te pasa lo que te pasa.

Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.

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