Emociones positivas y longevidad en 180 monjas
Las monjas que escribieron con más emociones positivas a los veintidós años vivieron casi siete años más que las demás

El 22 de septiembre de 1930, la superiora de las School Sisters of Notre Dame en Norteamérica mandó una carta a los conventos pidiendo que cada hermana escribiera a mano una breve autobiografía, y así fue como unas y otras contaron dónde habían nacido, cómo había sido su casa y por qué habían entrado en el convento, la mayoría con poco más de veinte años. Setenta años después, unos investigadores contaron cuántas palabras de emoción positiva había en cada una de esas cartas y las cruzaron con quién seguía viva.
Por qué un convento es un laboratorio
Cualquier estudio que intente relacionar el carácter de una persona con los años que vive se topa con el mismo problema: la gente alegre suele tener también más dinero, mejor trabajo, más amigos, mejor médico y otros hábitos de vida. Cuando descubres que los optimistas viven más, nunca sabes si vivieron más por serlo o por todo lo demás que ello conlleva.
Un convento resuelve ese problema de una forma que ningún diseño experimental podría permitirse. Aquellas monjas compartieron durante décadas el mismo sitio, la misma comida, el mismo horario, el mismo estado civil, la misma ausencia de hijos, el mismo trabajo y la misma asistencia médica. Todo lo que en cualquier otra muestra contaminaría el resultado, ahí estaba igualado de antemano. Por eso el llamado Nun Study, en el que el epidemiólogo David Snowdon siguió durante años a seiscientas setenta y ocho hermanas de esa congregación, se convirtió en una de las fuentes más citadas sobre envejecimiento.
Qué midieron en aquellas cartas
En 2001, la psicóloga Deborah Danner, de la Universidad de Kentucky, junto con David Snowdon y Wallace Friesen, se propuso utilizar esas autobiografías para responder una pregunta muy concreta. Localizaron ciento ochenta cartas manuscritas, de las hermanas que profesaron entre 1931 y 1943 en dos conventos, ciento una en Milwaukee y setenta y nueve en Baltimore, escritas entre los dieciocho y los treinta y dos años, y las codificaron contando tres cosas: cuántas palabras de emoción positiva aparecían, en cuántas frases distintas y cuánta variedad de emociones positivas diferentes.
Codificar así es más fiable de lo que parece, ya que las personas que codificaron no tenían que juzgar si la monja era feliz. Dos investigadores marcaron por separado todas las palabras que sugerían emociones de las ciento ochenta cartas, sin saber nada de la salud ni de la edad de las autoras, y una tercera persona revisó después, una por una, las palabras marcadas. Después cruzaron esas puntuaciones con la supervivencia de cada monja entre los setenta y cinco y los noventa y cinco años.
La diferencia entre unas cartas y otras se veía al leerlas. Una monja empezaba la suya diciendo «Nací el 26 de septiembre de 1909, la mayor de siete hermanos», y contaba que había pasado el año enseñando química y latín. Otra empezaba con «Dios empezó bien mi vida al concederme una gracia de valor incalculable», decía que el año que acababa de vivir había sido muy feliz y esperaba «con alegría impaciente» recibir el hábito.
Dividieron a las monjas en cuatro grupos según la cantidad de emoción positiva que aparecía en sus cartas, y la mortalidad bajaba de un grupo a otro, con una diferencia de dos veces y media en el riesgo entre el grupo más bajo y el más alto, y una probabilidad muy pequeña de que eso se diera por azar.
Esto, expresado en años de vida, se aprecia mejor. La mitad de las monjas del grupo más bajo había muerto a los ochenta y seis años y medio, y la mitad del grupo más alto seguía viva hasta los noventa y tres años y medio, casi siete años más. Contando palabras sueltas en lugar de frases, la distancia subía a más de nueve años, y contando cuántas emociones positivas distintas aparecían, llegaba a casi once.
Ese descenso escalonado es lo que hace fiable el resultado. Cuando un efecto aparece solo al comparar los dos extremos, cabe pensar en una casualidad, mientras que, si cada escalón queda por debajo del anterior, en el orden esperado, el resultado es mucho más difícil de explicar por azar.
Predecir no es causar
Este estudio se cita constantemente como prueba de que la actitud positiva alarga la vida, pero no lo demuestra.
Es un estudio observacional, ya que nadie asignó al azar a unas monjas a escribir con emociones positivas y a otras a escribir con emociones negativas. Lo medido es que la cantidad de emoción positiva registrada a los veintidós años predecía la supervivencia seis décadas después, y predecir no es lo mismo que causar. La explicación más obvia es que aquellas cartas estuvieran captando algo estable de la persona, un temperamento, una forma de vivir, o incluso una salud de base ya distinta a los veintidós años, y que fuera eso, y no las palabras, lo que se relacionara con la supervivencia.
Hay un segundo detalle que casi nunca se menciona al hablar de este estudio. Las emociones negativas de aquellas cartas no se relacionaron con la supervivencia, así que la asociación se observa con la cantidad de emoción positiva y no con la ausencia de emoción negativa, que son dos cosas distintas. Los propios autores advierten que en aquellos textos había tan poca emoción negativa escrita que apenas podían analizarla, así que ese resultado no demuestra que las emociones negativas no influyan en cuánto vive alguien, sino que aquí no se pudo comprobar.
Qué tiene que ver esto contigo
Por internet circula una versión simplificada de este estudio que afirma que si sonríes más, vivirás más años. Esa versión no se sostiene con estos datos y, además, creo que es perjudicial porque convierte una asociación estadística en una responsabilidad personal y deja a cualquiera que esté pasando por un mal momento con la sensación añadida de que lo está haciendo mal.
El estudio sí sostiene algo más modesto, y tiene que ver con las palabras que usas para narrarte tu propia vida. Aquellas cartas no medían lo que las monjas sentían, medían con qué palabras lo contaban. Dos personas con la misma infancia pueden describirla de maneras muy distintas, y esa manera de contarla es bastante estable a lo largo de la vida.
La próxima vez que leas que la actitud positiva alarga la vida, ya sabrás de dónde viene buena parte de esa afirmación y qué dice exactamente. Dice que, en ciento ochenta monjas, la emoción positiva registrada a los veintidós años se asociaba con una mayor supervivencia entre los setenta y cinco y los noventa y cinco años. No dice que ponerte alegre te vaya a alargar la vida.
Por qué te pasa lo que te pasa.
Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.
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