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La altura de tu mesa influye en cómo decides

Un experimento cambió la altura de la mesa para que algunas personas se sentaran rectas y otras, encorvadas. Las que se sentaron rectas arriesgaron más

Pablo Navarro13 ago 20265 min de lectura
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Una mesa regulable vacía con la silla a un lado en una oficina en penumbra, referencia al experimento sobre postura y estado de ánimo que cambió la altura del escritorio sin avisar.

Estás en el sofá con el móvil apoyado en las rodillas, la barbilla pegada al pecho y la espalda curvada. Llevas así cuarenta minutos y no te has dado cuenta ni una sola vez. Los psicólogos llevan quince años preguntándose si esa postura influye en tu ánimo y en la forma en que tomas decisiones. La primera respuesta que dieron no resistió las comprobaciones posteriores, y en 2026 un experimento ha vuelto a hacer la pregunta de otra manera.

Las posturas de poder no se sostuvieron

En 2010, las psicólogas Dana Carney y Amy Cuddy, junto con Andy Yap, publicaron que ponerse durante dos minutos en una postura amplia, de pie con las manos en las caderas y la barbilla alta, elevaba la testosterona, reducía el cortisol y hacía que la gente asumiera más riesgos. La idea se llamó «postura de poder» —power posing—. Amy Cuddy la contó dos años después en una charla TED que han visto decenas de millones de personas, y de ahí pasó a los manuales de entrevistas de trabajo.

Después vino la corrección. En 2015, un equipo de la Universidad de Zúrich repitió el experimento con doscientos participantes, casi cinco veces los cuarenta y dos del original, y no encontró ninguno de los cambios hormonales ni de conducta, aunque la gente sí decía sentirse más poderosa después de adoptar la postura amplia, igual que en el estudio de 2010. Al año siguiente, Dana Carney, la primera autora del trabajo original, escribió públicamente que no creía que el efecto fuera real. La crítica de fondo era sencilla. Si a alguien le dices que se ponga en una postura concreta durante dos minutos y luego le preguntas cómo se siente, esa persona intuye qué esperas de ella y contesta lo que cree que quieres oír.

El debate quedó ahí durante unos cuantos años, hasta que dos investigadores de Montreal encontraron la manera de medir la postura sin pedírsela a nadie.

Una mesa alta y una tableta

Soren Wainio-Theberge, estudiante de doctorado en la Universidad McGill de Montreal, tuvo la idea y la desarrolló junto con un profesor del departamento de psiquiatría de la misma universidad. Reunieron a ciento noventa y ocho participantes, con veinte años de media y ciento setenta y dos mujeres entre ellos, y les contaron que estaban probando una aplicación para el móvil.

Después de una primera parte en un ordenador, a cada participante lo pasaban a una tableta. A unos se la colocaban sobre un soporte en una mesa regulable, a buena altura, de manera que la única forma cómoda de trabajar era sentarse erguido. A otros se la dejaban plana sobre la mesa, con la mesa bajada, así que acababan encorvados encima de ella. Nadie les dijo nunca que se sentaran de una manera o de otra, y para que nadie cambiara la altura ni moviera nada de sitio, dejaron la tableta y el soporte pegados con cinta a la mesa.

Grabaron además a los participantes en vídeo y midieron con un programa el ángulo del cuello de cada uno para comprobar que la postura que pretendían provocar era la que de verdad adoptaban. El grupo de la mesa alta se sentó con el cuello a veintiún grados y el de la mesa baja a cincuenta y dos, así que las mesas consiguieron lo que buscaban. Al terminar, les preguntaron en una entrevista si habían notado algo, y la mayoría no había caído en que le habían tocado la postura.

Inflando un globo

La prueba que hicieron en la tableta consistió en inflar un globo en la pantalla. Cada vez que le das al botón, el globo crece y tu premio aumenta. Puedes parar cuando quieras y guardarte lo acumulado, y si sigues dándole el globo puede reventar, y entonces pierdes todo lo de esa ronda. Como el punto de reventar es distinto en cada ronda y no lo conoces, la prueba mide cuánto riesgo estás dispuesto a asumir cuando ese riesgo conlleva un premio.

Los participantes que estaban sentados erguidos le dieron al botón más veces a lo largo de las treinta rondas, treinta y seis de media en las rondas en las que pararon a tiempo y se llevaron el premio, frente a las treinta y dos de los encorvados. Comparados los dos grupos sin más, esa diferencia se quedó justo al borde de lo que se considera un resultado firme, y lo que sí quedó claro fue que los erguidos subían su apuesta más deprisa a medida que avanzaba la prueba. Con el dinero virtual acumulado, pasó lo mismo: ganaron algo más y la diferencia tampoco se consolidó.

No reventaron más globos que los demás, así que esa diferencia no se debe a darle al botón sin mirar. Armony lo interpreta como arriesgar mejor y no de forma más impulsiva.

Recuerda que había dos grupos: uno con la mesa alta, que obligaba a sentarse de pie, y otro con la mesa baja, que dejaba a la gente encorvada, y a todos les preguntaron, antes y después de la tarea, cuánto orgullo sentían de sí mismos.

Comparando un grupo con otro, el orgullo bajó en ambos durante la sesión y bajó un poco más en el de la mesa alta.

Ahora bien, dentro de cada grupo no todos se sentaron igual, así que los investigadores midieron en los vídeos cuánto se había inclinado cada persona. Mirando entonces a las personas una a una, y no a los grupos, quien se había sentado más recto era quien había generado más orgullo.

Las dos cosas ocurrieron a la vez. Sentarse recto se asociaba a más orgullo; estar en la mesa alta, a menos; y, como el segundo efecto fue mayor, el grupo de la mesa alta acabó la sesión con menos orgullo que el otro.

Un efecto pequeño, en un laboratorio y con estudiantes

Este trabajo cambió el tipo de pregunta y, por eso, resultó interesante. La postura de poder pedía a la gente que hiciera algo raro durante dos minutos, mientras que este experimento se limitó a poner la mesa a una altura u otra y a observar qué hacía la gente después, sin que supiera que la postura tenía algo que ver con lo que hacía. Encontró así un efecto pequeño con un método más limpio, donde antes se había anunciado uno grande con un método discutible.

Qué tiene que ver esto contigo

Piensa en dónde pasas las horas. Tienes la mesa a la altura que tenía cuando la compraste, el portátil apoyado en las piernas o sobre un soporte, el móvil por debajo de los ojos y una silla en el salón que te hunde los hombros. Esa mesa, esa silla y ese sitio en el sofá están así porque era lo que había en casa cuando te instalaste y pasas ahí ocho o diez horas al día.

Este estudio no dice que sentarte derecho vaya a cambiarte el día. Dice algo más breve y útil. El entorno decide tu postura mucho más que tu voluntad, y esta influye en cómo decides y, con menos claridad, en cómo te sientes. Recordarte a ti misma que te pongas derecha funciona durante 4 minutos. Subir la pantalla veinte centímetros funciona todos los días, sin que tengas que acordarte.

Por qué te pasa lo que te pasa.

Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.

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