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Una infancia impredecible deja más huella que una infancia difícil

Casi cinco mil personas recordaron cómo fue su infancia. La impredecible deja más huella emocional de adulto que la infancia dura.

Pablo Navarro28 jul 20264 min de lectura
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Torre de bloques de madera de niño medio derrumbada sobre fondo oscuro, metáfora de cómo la infancia impredecible deja más huella emocional que la infancia difícil.

Cuando pensamos en una infancia que deja secuelas, casi siempre imaginamos la carencia o el daño, una casa donde faltaba el dinero, donde había gritos y maltrato, o donde nadie daba afecto. Damos por hecho que a un niño lo marca la dureza de lo que le tocó vivir. Pero hay otra variable que suele pasar desapercibida y que quizá cuente tanto o más que la dureza, y es lo impredecible que fue ese hogar. Si un día había cena y otro no se sabía, si un adulto era cariñoso por la mañana y hostil por la noche, si las normas cambiaban sin aviso y nunca sabías a qué atenerte.

Dos formas distintas de tener una infancia complicada

La psicología lleva tiempo tratando la dureza y la imprevisibilidad como dos cosas distintas, y no siempre van juntas. Un niño puede crecer en una casa pobre pero muy estable, con horarios y cariño fiables, o en una casa sin apuros económicos, donde nunca sabe de qué humor va a encontrarse a sus padres. Ninguna de las dos es fácil, pero no dejan la misma marca.

Dureza y caos, medidos por separado

Virgil Zeigler-Hill, psicólogo de la Universidad de Oakland, en Michigan, quiso averiguar cuál de las dos deja más marca en la forma de ser de adulto. Junto a su equipo reunió los datos de casi cinco mil personas en tres estudios distintos, unos quinientos adultos estadounidenses reclutados por internet, casi dos mil quinientos universitarios y otros dos mil adultos de Israel, y les pidió que recordaran cómo había sido su infancia, separando esos dos aspectos, cuánta dureza y cuánta inestabilidad habían vivido. Después midió una serie de rasgos que en psicología se agrupan bajo el nombre de personalidad límite, y los desglosó en cuatro caras. Una emocional, la de las emociones que suben y bajan sin control. Otra de choque con los demás, la de la hostilidad y los conflictos constantes. Una tercera de impulsividad, la de actuar sin pensar. Y una cuarta más extraña, la de sentirse desconectado de uno mismo o de la realidad.

Recordar una infancia inestable predecía esos rasgos mejor que recordar una infancia de pura escasez o amenaza, y lo hacía en los cuatro grupos a la vez. Contaba más el caos y la incertidumbre de alrededor que la cantidad de sufrimiento. Un niño que crece sin saber qué va a pasar mañana aprende que el mundo no es fiable, y esa lección, repetida durante años, parece notarse mucho después en cómo regula sus emociones y sus relaciones. Tiene su lógica desde la biología, porque a un organismo que crece en un entorno imprevisible le puede resultar más útil reaccionar rápido y estar siempre en guardia que hacer planes a largo plazo, aunque eso mismo, de adulto y en una vida estable, se convierta en un estorbo.

Con la dureza pasó algo más raro. Por sí sola también se asociaba a esos rasgos, como cabía esperar. Pero cuando los investigadores metían las dos cosas en el mismo análisis y descontaban el efecto de la inestabilidad, la dureza se quedaba casi sin efecto y, en varios casos, se invertía, de modo que quienes recordaban una infancia más dura puntuaban algo más bajo en esos rasgos, no más alto.

El resultado más constante de los tres estudios fue otro. La inestabilidad hacía más daño en las casas menos duras. Los autores lo explican diciendo que una casa dura pero estable es al menos previsible, porque el niño sabe que las cosas van a ir mal y acierta. Ellos mismos avisan de que eso no convierte la dureza en algo bueno, porque adaptarse a una adversidad constante se paga de otras maneras.

Lo que este estudio no puede decir

Hay que tener cuidado con este estudio por varias razones. La primera es que se basa en recuerdos. A los adultos se les preguntó por su infancia, y la memoria de lo que vivimos de pequeños es reconstructiva, se tiñe de cómo nos va ahora y no siempre coincide con lo que ocurrió. La segunda es que se midió todo a la vez, así que muestra que dos cosas van juntas, correlacionan, pero no demuestra que la infancia impredecible cause esos rasgos. Podrían influir la genética, el temperamento o cosas que pasaron después.

Qué tiene que ver esto contigo

Si arrastras la etiqueta de "tuve una infancia difícil" y nunca has sabido bien qué hacer con ella, este cambio de enfoque puede resultarte útil. Quizá contó más no saber nunca con qué te ibas a encontrar al llegar a casa que lo que faltó. Ponerle ese nombre, la imprevisibilidad, ayuda a entender ciertas reacciones de adulto sin necesidad de cargar con un diagnóstico.

Y si ahora tienes hijos, no hace falta una infancia perfecta ni una casa sin problemas para dar a un hijo lo que más protege, que es previsibilidad. Basta con cenas a la misma hora, un adulto que reacciona más o menos igual ante las mismas cosas y unas normas que no cambian según el humor del día. La estabilidad no cuesta dinero, y según este trabajo es clave

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