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Premiar a tu hijo puede quitarle las ganas

Prometerle un diploma a un niño por dibujar, algo que ya hacía por gusto, redujo a la mitad el tiempo que le dedicaba dos semanas después

Pablo Navarro20 ago 20265 min de lectura
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Unas ceras de colores junto a una hoja en blanco con una pequeña estrella dorada pegada, sobre fondo oscuro, metáfora de cómo premiar a tu hijo puede quitarle las ganas de dibujar.

Tu hijo lee poco, pero lee y algunas tardes se queda con el libro sin que nadie le diga nada. A ti te gustaría que leyera más, así que montas un sistema: una pegatina por cada capítulo que lea y un premio al llegar a diez. Funciona durante tres semanas y, al mes y medio, se ha acabado el sistema y el niño lee menos que antes de empezar. Esto lo probaron unos psicólogos en 1973, con niños de guardería y unos rotuladores.

Un espejo falso en una guardería de Stanford

Mark Lepper y David Greene, psicólogos de la Universidad de Stanford, y Richard Nisbett, de la Universidad de Michigan, querían poner a prueba en un experimento una idea que hasta entonces apenas se había estudiado, la de que el interés de una persona por algo se puede estropear pagándole por hacerlo.

Trabajaron en una guardería del campus de Stanford, con niños de tres a cinco años. Durante la primera hora de tres días de clase seguidos, las profesoras pusieron sobre una mesa hexagonal unos rotuladores de colores que no estaban normalmente en el aula, junto con papel de dibujo, y los presentaron como una actividad más entre las que los niños podían elegir.

La mesa estaba justo delante de un espejo falso. Detrás, dos observadores con aparatos de registro apuntaban, segundo a segundo, qué niño se sentaba en cada una de las seis sillas y quién cogía un rotulador. Sus registros coincidían casi por completo, lo que significaba que la medida no dependía de quién la observara.

De los ciento treinta y nueve niños que pasaron por el aula, ciento dos dibujaron algo. Seleccionaron a quienes habían dibujado durante más de cuatro minutos y los repartieron al azar en tres grupos, previamente igualados según cuánto les gustaba dibujar.

Un diploma con estrella dorada y lazo rojo

Un par de semanas después, un experimentador iba al aula, se ponía a jugar con el niño y le proponía ir a la habitación sorpresa.

A los del primer grupo, ya en la habitación, les enseñaba, antes de empezar, una cartulina que decía «Diploma al buen jugador» —Good Player Award—, con una estrella dorada grande, un lazo rojo y un hueco para el nombre, y les preguntaba si les gustaría ganar uno dibujando. Todos dijeron que sí, la mayoría con entusiasmo. Los del segundo grupo dibujaban sin que nadie les hubiera dicho nada y, al terminar, recibían el mismo diploma por sorpresa. Los del tercero dibujaban y no recibían nada.

Cada niño dibujaba durante seis minutos, y a los que les tocaba diploma, un segundo experimentador se lo rellenaba con su nombre y lo colgaba en un tablón llamado Cuadro de Honor.

Entre siete y catorce días más tarde, los rotuladores volvieron al aula, en la misma mesa y con el mismo espejo detrás. Esta vez los observadores no sabían en qué grupo había estado cada niño, para que su expectativa no contaminara lo que anotaban, y ni los rotuladores ni el aula tenían ya nada que ver con el diploma ni con la habitación sorpresa.

Ocho por ciento contra dieciocho

Los cincuenta y un niños que llegaron hasta el final se comportaron de tres maneras distintas. Los que habían dibujado con un diploma prometido dedicaron a los rotuladores un 8,6 % del tiempo libre que tuvieron. Los que no recibieron nada: un dieciséis coma siete. Los que recibieron el diploma por sorpresa: un dieciocho coma uno.

Prometerle un premio a un niño por hacer algo que ya le gustaba redujo, entonces, a la mitad el tiempo que le dedicaba dos semanas después. Ese grupo fue además el único que bajó respecto a lo que dibujaba antes del experimento, mientras que los otros dos subieron un poco. Darle exactamente el mismo premio sin avisar no le hizo ningún daño, y los niños que menos interés tenían al principio dibujaron algo más después de recibirlo por sorpresa.

Hubo un segundo efecto, más inmediato. Tres jueces, que no sabían nada del experimento, puntuaron la calidad de los dibujos del uno al cinco. Los niños de los tres grupos dibujaron el mismo número de láminas, pero los que dibujaban para ganarse el diploma sacaron una media de 2,2, frente a 2,9 del grupo sorpresa y 2,7 del grupo sin premio. Dibujaron peor mientras lo hacían por el premio.

Lepper y sus colegas lo explicaron con una idea sencilla. Cuando un niño se ve a sí mismo dibujando y no hay ninguna razón externa a la vista, concluye que dibuja porque le gusta. Si hay un diploma de por medio, la conclusión disponible es otra, que dibuja para conseguir el diploma. Cuando le retiras el diploma, se queda sin motivo.

Los autores pusieron límites a su propio resultado

Esto se ha contado durante cincuenta años como si demostrara que premiar es malo, y los autores escribieron lo contrario en su propio artículo.

Dijeron que no hay nada en sus datos que sugiera que contratar a alguien para una actividad a cambio de un premio vaya a reducir siempre, ni siquiera habitualmente, su interés. El experimento estaba diseñado a propósito para que el efecto apareciera, porque la actividad se eligió muy atractiva y porque todos los niños seleccionados ya dibujaban por gusto. En esas condiciones el premio sobraba.

Ellos mismos señalaron cuándo ocurre lo contrario: cuando el interés inicial es muy bajo y hace falta algo externo para que la persona empiece, o cuando la actividad solo se vuelve atractiva después de un tiempo o de alcanzar cierto nivel. Aprender un instrumento entra de lleno ahí. Por eso avisaron de que sería un error usar este estudio para condenar los sistemas de puntos en las aulas.

Qué tiene que ver esto contigo

Antes de montar el sistema de pegatinas, mira si tu hijo ya coge el libro por su cuenta alguna vez. Si lo coge, es bastante probable que el sistema estropee las ganas que ya tenía. Si no lo coge nunca, el premio es una forma razonable de arrancar, y entonces hay que tener pensado cómo lo vas a retirar.

Importa también cómo se cuenta. Anunciar el premio por adelantado fue lo que causó el daño. Decirle a tu hija que has visto lo que ha hecho, sin habérselo prometido antes, se parece mucho más al diploma por sorpresa.

Esto vale para ti igual que para ellos. Si tenías una afición y la convertiste en trabajo, o en algo que subes a una red social para ganar seguidores, has puesto un diploma por delante de una actividad que hacías porque sí. Si has dejado de disfrutarla, puede que no sea que te hayas cansado.

Por qué te pasa lo que te pasa.

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