¿Qué pasa con la memoria al reducir el tiempo de siesta durante un año?
Unos jubilados redujeron la siesta durante un año con ayuda de un equipo de investigadores belga. Su memoria empeoró menos que la de los que siguieron durmiéndola.

Puede que tu padre duerma la siesta casi todos los días después de comer. Duerme más de media hora en cada siesta y lo lleva haciendo desde hace años.
Un equipo de la Universidad de Lieja, en Bélgica, ayudó a unos jubilados con esa costumbre a reducir la siesta y les hizo seguimiento durante doce meses. Al cabo de un año, la memoria de los jubilados que siguieron echándose la siesta como antes había empeorado más que la de los que la habían reducido.
¿Frena la pérdida de memoria reducir la duración de la siesta?
En 2026, Marine Dourte, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Lieja, y otros once investigadores publicaron este trabajo en la revista GeroScience. Varios estudios a gran escala han encontrado que las personas mayores que duermen siestas largas y frecuentes pierden memoria más rápidamente con el paso de los años. Otros estudios no encontraron ese mismo efecto. Otros estudios, casi todos con jóvenes, encontraron que una siesta corta mejoraba la atención en las horas siguientes.
En el estudio participaron ochenta y siete personas jubiladas y sanas que vivían de forma independiente. Cincuenta y ocho de ellas dijeron que dormían la siesta al menos tres veces por semana y que duraba más de media hora cada vez. Llevaban más de un año con esa costumbre. Las otras veintinueve no dormían la siesta y sirvieron para comparar sus resultados con los de las que sí la dormían. La edad de los ochenta y siete iba de cincuenta y nueve a ochenta y dos años, y la media era de sesenta y nueve años.
La mitad de los que dormían la siesta recibieron ayuda para reducirla poco a poco
El equipo repartió al azar a las cincuenta y ocho personas que dormían la siesta en dos grupos. Treinta recibieron instrucciones y ayuda para dejarla o reducir el tiempo de la siesta. Las otras veintiocho siguieron durmiéndola como antes. Las ochenta y siete personas del estudio tuvieron, al principio, una sesión sobre cómo funciona el sueño y cómo cuidarlo.
Los investigadores les pidieron a las treinta personas que tenían que reducir la siesta que lo hicieran poco a poco durante las cuatro primeras semanas. Se pusieron en contacto con ellas cada semana durante el primer mes y cada mes después, para ayudarlas a ajustar sus horarios de sueño. El equipo también habló cada mes con los otros dos grupos.
Todos los participantes llevaron durante todo el año una pulsera que registraba cuándo se movían y cuándo permanecían quietos. Según esa pulsera, el grupo que tenía que reducir la siesta empezó a tener ratos de reposo diurnos menos frecuentes desde el quinto mes y más cortos desde el séptimo. Los otros dos grupos siguieron igual que antes.
Las personas que redujeron la siesta no se movieron más por las tardes ni durmieron de manera distinta por la noche. Si su memoria cambiaba, era poco probable que se debiera a moverse más o a dormir mejor por la noche.
Los que siguieron durmiendo la siesta recordaban sin ayuda menos palabras que un año antes
Al principio y al final del año, cada participante realizó varias pruebas de memoria. En una de ellas, tenía que aprenderse una lista de palabras y luego decir todas las que recordara. Si ya no recordaba más, le daban pistas para ayudarle con las que le faltaban.
En general, los tres grupos tendieron a rendir peor en las pruebas al cabo de un año. Al recordar la lista sin ayuda, las personas que siguieron durmiendo la siesta perdieron entre dos y tres palabras más que los otros dos grupos. El grupo que redujo la siesta y el grupo sin siesta no se diferenciaron en esta prueba. Los autores analizaron simultáneamente tres medidas de recuerdo de palabras e historias, por lo que aplicaron una comprobación más rigurosa para descartar resultados debidos al azar. Este resultado pasó esa comprobación.
Con las pistas, el grupo que siguió durmiendo la siesta llegó al mismo número de palabras que al principio. Parece que ese grupo necesitaba más pistas que el grupo sin siesta para recordar lo mismo. Este dato no pasó la comprobación más exigente, así que hay que tomarlo como un indicio y no como un resultado firme.
En las otras dos pruebas de memoria no se observó una diferencia clara entre los grupos. En una tenían que distinguir imágenes parecidas, y en la otra, recordar una historia un rato después. Los autores ofrecen varias explicaciones posibles. Una es que la prueba de la lista detecta mejor los cambios pequeños. Otra es que, en las otras dos pruebas, los tres grupos sacaron, en promedio, notas muy altas, así que quedaba poco margen para ver diferencias.
Los autores no saben si la siesta causa la pérdida de memoria o la anuncia
Dourte y sus colegas no saben si dormir mucho durante el día perjudica la memoria o si es una señal de que el cerebro ya es más vulnerable. Escriben que en cualquiera de los dos casos, reducir la siesta podría ayudar a frenar esa pérdida. Los autores también señalan que la siesta habitual podría usarse como una señal sencilla para detectar a las personas con mayor riesgo.
Qué tiene que ver esto contigo
Si tu padre o tu madre duerme la siesta al menos tres veces por semana y más de media hora, y además está sano y vive de forma independiente, se parece a las personas de este estudio. Este trabajo no estudió las siestas cortas ocasionales.
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