Qué pasa cuando reescribes un recuerdo de la infancia
Ciento ochenta jóvenes recordaron un momento en el que los criticaron y lo imaginaron junto a alguien que los defendía. Seis meses después, el recuerdo les afectaba menos

Presentas algo en el trabajo, alguien hace una pregunta con cierto tono y notas el rubor en la cara antes incluso de entender la pregunta. Esa reacción viene de más atrás, de una escena que tienes guardada desde los ocho años, en la que alguien mayor que tú se rio de algo que habías hecho o te dijo, delante de otros, que así no se hacían las cosas. Puedes decirte a ti misma que aquello fue hace treinta años y que ya da igual, y aun así se te sigue poniendo la cara roja.
Volver a la escena y cambiarle el final
Los psicólogos llaman reescritura en la imaginación a una técnica que consiste en volver a esa escena, imaginarla en presente y meter en ella a alguien que no estuvo. En la versión utilizada en este estudio, ese alguien es un terapeuta que interviene en el recuerdo justo antes de la crítica y la impide. Después se dirige al adulto que iba a criticar y le explica qué necesitaba la niña en ese momento. Luego se dirige a la niña, le dice que necesitar eso era normal y le propone hacer algo que cubra esa necesidad. El estudio no publica qué necesidades surgieron en cada caso, aunque en una escena de estas suele tratarse de algo sencillo, como que alguien le explique cómo se hacía en lugar de reírse, o que la corrección no le llegue delante de los demás.
La idea de fondo es que un recuerdo no es algo fijo. Cada vez que lo traes a la conciencia, puedes modificarlo y si mientras lo haces aparece información que contradice lo que esperabas, la próxima vez lo recordarás de otra manera.
Ciento ochenta personas y cuatro sesiones
En 2026, Julia Bączek y Stanisław Karkosz, de la Universidad SWPS de Varsovia, publicaron el primer ensayo que compara tres versiones de esta técnica. Ningún grupo se quedó sin tratamiento porque no querían saber si la técnica funciona; querían saber qué parte de ella produce la mejoría. Pasaron un cuestionario por internet a más de seis mil personas, entrevistaron después a las que puntuaban alto en miedo al fracaso y se quedaron con ciento ochenta personas, de dieciocho a treinta y cinco años, con una media de veinticuatro años. Dejaron fuera a quien había sufrido abuso sexual o maltrato grave en la infancia, y a quien estaba en tratamiento o tenía un trastorno mental activo.
Cada participante contó un recuerdo propio en el que había recibido una crítica cuando era pequeño, y con ese material los investigadores grabaron un audio a medida que incluía la escena previa y el momento exacto de la crítica. Después, asignaron al azar a cada participante a un grupo (tres en total), y todos realizaron cuatro sesiones en dos semanas, escuchando ese audio e imaginando la escena como si estuviera ocurriendo.
El primer grupo se limitó a revivir la escena tal cual. El segundo la revivió con el terapeuta en ella. El tercero hizo lo mismo que el segundo, pero con una pausa de diez minutos entre recordar la escena y cambiarla, porque los autores esperaban que esa pausa aprovechara mejor el tiempo en el que el recuerdo todavía podía modificarse.
Mientras tanto, midieron la actividad de las glándulas sudoríparas, que aumenta cuando algo te activa sin depender de lo que decides contar o no, y les preguntaron por el miedo, la culpa y la tristeza que sentían al recordar. Volvieron a medirlo todo a los tres y a los seis meses.
Las tres versiones funcionaron igual
Las tres versiones de la técnica redujeron el malestar al recordar la escena, medido tanto en lo que la gente contaba como en lo que registraban los sensores, y esa mejoría se mantuvo seis meses después. La pausa de diez minutos no aportó nada y, de hecho, la reescritura normal dejó menos culpa y menos tristeza que la reescritura con pausa.
Que las tres funcionaran por igual quita fuerza a la idea de que el efecto lo produce la técnica en sí. Los autores lo interpretan como que buena parte del beneficio proviene de lo que tienen en común las tres: haberse sentado cuatro veces a mirar de frente un recuerdo que llevabas media vida esquivando, acompañado y en un sitio seguro.
La única diferencia entre las técnicas apareció a los seis meses. El grupo que solo revivió la escena reaccionó físicamente ante ella más que el que la había reescrito.
Hubo algo que sí marcó la diferencia en cada sesión. En los dos grupos con terapeuta, justo en el instante en el que tocaba la crítica y en su lugar aparecía él, a algunas personas les subía de golpe el sudor de las manos, y fueron esas las que más mejoraron meses después. A quienes escuchaban la escena tal como ocurrió no les pasaba eso. Los autores lo interpretan como que el cuerpo había previsto una cosa y ocurrió otra, y que esa contradicción abre la puerta a que el recuerdo se modifique. Sin cambios en la escena, no hay nada que contradiga lo esperado y, por eso, en el primer grupo no aparecía.
Hasta dónde llega esto
El miedo al fracaso, medido como rasgo, mostró apenas alteraciones. Bajó un poco a lo largo del estudio, de manera similar en los tres grupos. O sea que lo que cambió fue la reacción a ese recuerdo concreto, no la manera de encajar los errores en general.
Hay, además, una diferencia entre esto y lo que ocurre en una consulta. Aquí, los cuatro audios eran iguales en las cuatro sesiones, mientras que en terapia la escena se rehace con la persona delante y va cambiando según lo que ella cuenta ese día. Los autores señalan otra diferencia: separaron el momento de la crítica del resto de la escena por exigencias del experimento, cuando en psicoterapia esas dos partes se trabajan conjuntamente.
Qué tiene que ver esto contigo
Casi todo el mundo tiene escenas parecidas y nunca vuelve a ellas, porque recordarlas es desagradable. Estos datos sugieren que la reacción que te provoca recordarla se puede cambiar en cuatro sesiones, aunque lo que ocurrió siga siendo lo que fue.
Cuatro sesiones en dos semanas bastaron para que, medio año después, el cuerpo reaccionara menos ante ese recuerdo. Es bastante para cuatro sesiones, y aun así, el miedo a equivocarse se midió por separado y apenas cambió.
Si al leer esto te ha venido a la cabeza una escena concreta, ese es el material del que habla el estudio. El propio estudio dejó fuera a quien había sufrido maltrato grave en la infancia, así que lo que aquí se probó sirve para una escena de crítica y no para un trauma.
Por qué te pasa lo que te pasa.
Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.
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