Tener hijos no te hace más feliz, pero sí da más sentido a tu vida
Un estudio en diez países separa dos cosas que solemos confundir. Tener hijos casi no cambia tu felicidad diaria, pero sí tu sentido de la vida.

Imagina dos versiones de ti dentro de quince años. En una tienes hijos, en la otra no. Si pudieras asomarte a las dos y preguntarte cuál está más contenta un martes cualquiera por la tarde, con la casa por recoger y el trabajo pendiente, seguramente esperas que la respuesta sea la versión con hijos. Es lo que casi todo el mundo da por hecho, que los hijos son la mayor fuente de felicidad de una vida.
Sin embargo, cuando se mide con cuidado, esa felicidad del día a día apenas cambia. Sí cambia otra cosa, y distinguirlas bien te ahorra bastante culpa.
Estar contento no es lo mismo que sentir que tu vida importa
Los psicólogos separan el bienestar en dos partes que no van siempre de la mano. Una es el ánimo del día a día, el placer, la ausencia de tristeza o de culpa, lo que sientes mientras vives. La otra es más profunda, y tiene que ver con la sensación de que tu vida tiene un propósito, de que lo que haces merece la pena, aunque hoy estés cansado. Puedes tener una tarde horrible con un bebé que no para de llorar y a la vez sentir, por debajo, que estás justo donde tienes que estar. Son dos cosas distintas, y responden de forma distinta a lo que te pasa.
Casi todos los estudios anteriores sobre hijos y felicidad mezclaban estas dos cosas, y por eso daban resultados para todos los gustos. Unos decían que los padres eran más felices, otros que menos. Faltaba separar bien las dos preguntas, y faltaba tener en cuenta un detalle importante.
Separar los hijos de la pareja
Menelaos Apostolou, profesor de psicología evolutiva en la Universidad de Nicosia, en Chipre, se dio cuenta de ese detalle. La mayoría de los estudios antiguos no separaban tener hijos de estar en pareja. Como las personas emparejadas suelen estar algo más contentas que las solteras, y además tienen hijos mucho más a menudo, los padres parecían más felices por una razón que no tenía que ver con los hijos, sino con que estaban acompañados. Apostolou reunió datos de 5.556 personas de diez países muy diferentes entre sí, entre ellos China, Japón, Perú, Polonia, España, Turquía, Reino Unido y Ucrania, y descontó el efecto de la pareja, la edad y el sexo.
Una vez descontado todo eso, padres y no padres puntuaban casi igual en felicidad diaria, en tristeza y en satisfacción con la vida. La ventaja emocional que parecían tener los padres se desvanecía en cuanto se tenía en cuenta que muchos estaban emparejados. De hecho, estar en pareja predecía la felicidad del día a día mucho mejor que tener hijos.
Donde sí aparecía una diferencia era en el sentido de la vida. Los padres decían sentir algo más de propósito que quienes no tenían hijos, y eso además era más marcado en las madres que en los padres. Apareció otro dato menos habitual. Las personas con hijos decían estar un poco menos satisfechas con su relación de pareja que las que no los tenían, una diferencia pequeña que Apostolou atribuye al desgaste de tiempo y dinero que trae criar hijos.
La paradoja de la neutralidad
Hay un resultado que choca de frente con la biología. Desde la teoría evolutiva cabría esperar que tener hijos, que es la manera en que pasamos nuestros genes, viniera con una recompensa emocional enorme y permanente. Pero no aparece. La felicidad de base de los padres se queda en un punto neutro, ni más arriba ni más abajo. A eso Apostolou lo llama la paradoja de la neutralidad.
Su explicación es que las emociones que nos dan los hijos no están hechas para quedarse, sino para empujarnos a seguir cuidándolos. Sientes un pico intenso de alegría cuando tu hija da sus primeros pasos o cuando termina la carrera, y ese subidón es la recompensa por todo lo invertido. Si esa alegría se volviera permanente, dejaría de empujarte a hacer nada más. Como esos picos son intensos pero espaciados, no aparecen en las encuestas como un cambio estable en tu ánimo medio, aunque tú los recuerdes con toda nitidez cuando te preguntan por tus hijos.
El estudio tiene sus límites, y hay que tenerlos presentes. Compara a personas distintas en un mismo momento, no sigue a las mismas personas antes y después de tener un hijo, así que no puede demostrar que sea el hijo la causa de nada. Se apoya en lo que la gente dice de sí misma, que no siempre coincide con lo que sentiría un observador externo. Tampoco distingue la edad ni el número de hijos.
Qué tiene que ver esto contigo
Si tienes hijos y algún día pediste, un poco a escondidas, que te hicieran más feliz, este estudio te quita una preocupación. No es que lo estés haciendo mal ni que a ti te falte algo. La felicidad de fondo se mantiene bastante estable haga uno lo que haga, y eso vale igual para quien tiene hijos y para quien no. Los hijos parecen dar otra cosa, la sensación de que tu vida va hacia alguna parte.
Si todavía estás decidiendo, la lectura honesta es que ni tener hijos te garantiza una vida más alegre ni no tenerlos te condena a una más triste. La alegría del día a día depende mucho más de con quién compartes la vida y de cómo es esa relación. Los hijos añaden propósito y desgaste a la vez. Eso sí, te confirmo que, en mi caso, es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Por qué te pasa lo que te pasa.
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