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El paseo del asombro: 15 minutos a la semana que mejoran el ánimo

El paseo del asombro es el mismo paseo de siempre con una instrucción distinta. En un estudio, quienes lo hicieron sintieron más gratitud y menos malestar

Pablo Navarro7 jul 20264 min de lectura
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Una figura humana diminuta de espaldas al pie del encuadre, empequeñecida por un cielo y unas ramas enormes sobre fondo oscuro, metáfora del paseo del asombro y su efecto en el ánimo.

Sales a caminar durante quince minutos, como cualquier otro día. Hay una diferencia en el paseo de hoy, llevas una instrucción en la cabeza consistente en buscar cosas que te sorprendan. Las ramas de un árbol recortadas contra el cielo, la fachada de un edificio que nunca habías mirado bien, la cara de un niño que pasa, el tamaño de una nube. No caminas más rápido ni más lejos. Solo cambias hacia dónde diriges la atención. Y según la investigación, con ese cambio tan pequeño ya vuelves a casa de otro humor.

De qué hablamos cuando hablamos de asombro

El asombro es esa sensación que aparece cuando te encuentras con algo tan grande, tan bello o tan inabarcable que por un momento te sientes pequeño delante de ello. Una montaña, un cielo lleno de estrellas, una pieza musical, la cara de un recién nacido. En ese momento dejas de estar tan pendiente de ti mismo, de tus preocupaciones y de tus listas de tareas, y la atención se enfoca en lo externo. Los psicólogos llevan un tiempo interesados en esta emoción precisamente por eso, porque parece hacernos menos el centro de todo.

La pregunta es si algo tan poco previsible se puede cultivar a propósito, sin subir a ninguna montaña, en el barrio de cualquiera. Aquí es donde entra el experimento.

El paseo que Virginia Sturm puso a prueba

Virginia Sturm, neurocientífica de la Universidad de California en San Francisco, junto al psicólogo Dacher Keltner, de Berkeley, uno de los mayores expertos en el estudio de las emociones, quisieron comprobar si el asombro podía convertirse en un hábito sencillo, al alcance de cualquiera. Publicaron los resultados en 2022, en la revista Emotion. Reunieron a sesenta adultos mayores, de entre 60 y 90 años, y les pidieron algo muy simple, dar un paseo de quince minutos a la semana, al aire libre, durante ocho semanas. A un grupo le dieron la instrucción de buscar asombro por el camino, de fijarse en lo que les resultara nuevo o admirable con la mirada fresca de un niño. Al otro le pidieron solo que caminaran. Ese era el único cambio entre los dos grupos.

Lo que Sturm y Keltner encontraron fue que quienes paseaban buscando asombro sentían, semana a semana, más emociones positivas de las que conectan con los demás, sobre todo gratitud y compasión. Y ese efecto se notaba también fuera del paseo, en el día a día, donde hablaban más de esas emociones y menos del malestar. El grupo de control caminaba lo mismo, o incluso más, pero sin el mismo cambio de ánimo.

Si el bienestar viniera del ejercicio, los dos grupos habrían mejorado por igual, ya que ambos caminaban. Pero solo mejoró el grupo al que se le había pedido buscar asombro. Lo que movía el ánimo no eran los pasos ni el aire libre, que ambos compartían, sino esa forma concreta de prestar atención a lo que había alrededor. Y las emociones que crecían no eran de cualquier tipo, sino precisamente las que nos acercan a los demás, la gratitud y la compasión, en lugar de un buen humor pasajero.

Los selfies del paseo

Hay un detalle del estudio que lo hace especialmente bonito. En cada paseo, los participantes se hacían una foto a sí mismos, un selfie. Cuando los investigadores las ordenaron por semanas, vieron que con el tiempo, quienes buscaban asombro salían cada vez más pequeños en el encuadre, dejando que el paisaje ocupara más sitio, mientras su propia sonrisa se ensanchaba. La emoción de sentirse una parte pequeña de algo grande no era solo una idea abstracta, se veía en las fotos, donde ellos aparecían cada vez más pequeños y el paisaje más grande, con una sonrisa más amplia según pasaban las semanas. De ahí el nombre con el que se publicó el trabajo, algo así como «gran sonrisa, yo pequeño». Es un detalle bonito porque nadie les pidió que se encogieran ni que sonrieran, salió solo, a medida que miraban más hacia afuera.

Algunos apuntes

El estudio tiene sus límites. La muestra era pequeña, sesenta personas, y estaba formada por adultos mayores, así que no sabemos si el efecto sería igual de intenso a los treinta o a los cuarenta. Tampoco es un fármaco ni sustituye a un tratamiento cuando alguien atraviesa una depresión o una ansiedad graves. Lo que muestra es más modesto y, a la vez, muy valioso. Un gesto tan pequeño como cambiar hacia dónde miras, repetido durante unas semanas, deja una marca medible en el ánimo. No cura nada, pero cambia algo real, y lo hace sin coste ninguno.

Qué tiene que ver esto contigo

Casi todo lo que se propone para estar mejor requiere tiempo, dinero o fuerza de voluntad. Por ejemplo, apuntarse a algo o comprar algo. El paseo del asombro solo pide caminar un cuarto de hora, algo que probablemente ya haces, y llevar una intención distinta, la de mirar como si fuera la primera vez.

Puedes probarlo esta misma tarde. En vez de ir al trabajo pensando en el trabajo, o de volver a casa repasando la conversación que te ha molestado, prueba a buscar tres cosas por el camino que no habías visto nunca con detenimiento. La luz entrando entre dos edificios, el detalle de una puerta antigua, un árbol que llevaba ahí toda la vida sin que te fijaras. No hace falta que sea el Gran Cañón del Colorado. El asombro, según este estudio, depende menos de dónde estés que de cómo mires, y esa forma de mirar se puede entrenar.

Por qué te pasa lo que te pasa.

Este contenido tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional. Si estás pasando por un mal momento, pedir ayuda es un buen primer paso: habla con un profesional de la salud mental. Si además estás en una situación de urgencia o riesgo, contacta con los servicios de emergencia de tu país.

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